—!Vela señorita, vela! ¡Compre a un sol, el Señor de la Soledad le va a bendecir! —grita a viva voz un hombre mediano, de pelo graso y canas, con unos enormes lentes que por cierto no se pone adecuadamente, mientras en su mano izquierda lleva cinco paquetes de vela.
Luis de la Cruz Cueva, se sitúa todos los días en la puerta lateral izquierda de la iglesia La Soledad; para vender velas a un sol el paquete.
—Yo hago un servicio a la población, con esto no hago daño a nadie aparte que me dicen ´no, no y no´ parecen disco rayado —nos dice este hombre de 69 años mientras nos acomodamos para conversar.
Los transeúntes voltean a mirar al señor, no sabemos si por curiosidad o solo porque les parece extraño, pero nadie se detiene a preguntar; ni mucho menos a comprar.
—Para vender velas hay que ser suertudo, y tener un poco de gracia y eso me hace falta —dice de la Cruz. Y añade—. Me gano la vida de esta manera, es difícil vivir en este mundo, lo que vendo ni para el té, un té a un sol cincuenta y yo gano a veces un mísero sol, esta es la primera venta del día y ya son las once de la mañana. El hombre termina su frase con un desgarramiento y a la vez nos muestra una sonrisa tierna, en ese instante recuerdo a mi abuelo Benito.
A fines del 2008, Luis juntó mil soles y se propuso visitar a Huaraz, todo esto causado por los problemas que tuvo con sus hermanos, y desde que llegó siempre se ha dedicado a la venta.
—Para mí ya no hay trabajo, jóvenes. Me hubiera gustado vender libros. Claro en una tienda porque eso de llevar maletas a mi edad ya no se puede —empieza a contarnos historia.
—¿Usted no vive con ningún familiar?— pregunta Víctor, mi compañero de clases.
—“¿Por qué, ah, usted es Gabriel García Márquez? —Responde y ríe.
Mis amigos quedan sorprendidos, ellos creían que era un loco más que vivía de manera común.
—¿Usted ha leído a Gabo? —Le pregunto,
—Jajajaja — ríe y empieza hablar serio—. No sé leer soy medio analfabeto. Si usted quiere aprender, lo hace; caso contrario se le matricula en el mejor colegio, va usted a fregar a la gente, a ponerle apodos a sus profesores y compañeros, a dibujar morbosidades en la pizarra, no pues. El que tiene deseos de aprender lo hace hasta en un colegio rural a la vuelta del cerro, y si no, estamos mal. Pero en el Perú la educación se debe segmentar para el más inteligente, el promedio y el más burro —reflexiona, de la Cruz.
Luis de la Cruz Cueva nació en un callejón del Rímac, su mamá era vendedora ambulante y su padre falleció cuando él tenía apenas 7 años. En el colegio Nuestra Señora de Guadalupe de Lima, donde estudió la primaria y la secundaria, esperaba los recreos para debatir con sus compañeros. Pero cuando alguien le hacía bulla, él iba y le daba unos coscorrones. En este punto aclara, no saben cómo divertía eso.
—Quise estudiar ingeniería mecatrónica en la UNI. Algunas veces también era gracioso, si hubiera cobrado por cada sonrisa que sacaba y por cada golpe que propinaba ahora no estaría vendiendo velas —cuenta un tanto nostálgico.
— A los ocho años —recuerda—. Mi abuela me dijo que para no sufrir sería mejor practicar ‘choque y fuga nomás’ así no había tanto compromiso, todo eso me ha afectado. Soy un indigente como dice la gente y hasta rima hace lo que digo.
Cuando por fin terminó la secundaria; su mamá le dijo que debía labrar su futuro. Pero él ya había tenido un encuentro profundo con el cigarrillo, se dejó llevar por las cantinas y esto lo había acercado a los burdeles, fue imposible, era complicado. Y por eso siempre he trabajado, se lamenta y agacha la cabeza.
—Me discriminan porque ando desarreglado — intenta recordar—. Una fecha fui a un restaurante y pedí té, el joven me dijo que me iba a servir, pero que terminara y me fuera rápido porque ese lugar no era para mí. A la gente no le gusta que lea ni mucho menos que escriba, parece que hacer esas dos cosas es un pecado en este país —dice y centra su atención al audífono blanco de Víctor.
—¿Cuánto está eso, ah? —Pregunta y saca una radio pequeña a pila— con esto me informo, a veces leo periódicos desechados, el cerebro es como un músculo si no le pones en actividad se seca —dice y agrega—. Ustedes me están grabando porque ahí el joven Henry Ford está abriendo y cerrando el diafragma de la cámara.
—No se preocupe, señor Luis, él se dedica a la fotografía y bueno siempre está atento a lo que sucede, además es su fuente de ingreso —le respondo.
Luis de la Cruz no es cualquier cholito al parecer. Nos pregunta nuestros nombres recuerda a grandes personajes y nos lo describe: Henry Ford, Víctor Hugo y Ronald Reagan. Es casi mediodía y tenemos que despedirnos, Víctor saca su audífono y se lo regala, también le compramos velas, agradecemos por su tiempo.
—Ahora tiene tres amigos más, maestro. Le vamos a visitar mañana y le traeremos la pila para su radio —le aclara Henry, con una sonrisa.
Con un apretón de manos acaba la conversación. Me destroza el alma. Me voy reflexionando. Él no tuvo la oportunidad para forjarse. Hay muchas personas que pasan por eso y nuestro país es espectador de ese dramático escenario. Me conmueve.
Dicho y hecho a la misma hora regresamos al día siguiente, nos reconoce de inmediato, está vendiendo una vela y ganará solo veinte céntimos, corre a nuestro encuentro.
— Jóvenes, amigos. Me están visitando otra vez —dice con una sonrisa. A lo que respondemos también con una sonrisa.
—Lo prometido es deuda. Ronald está trayendo la pila —dice Henry.
Prosigo a entregárselo, de inmediato lo prueba, conversamos sobre algunos vacíos que nos dejó el día anterior y gustosamente lo aclara. Hay una mezcla de emociones al momento que nos detalla sus aventuras.
Otra vez tenemos que dejarle, le advertimos que todavía estaremos por la plazuela, porque tenemos que conversar con muchas personas más, él ríe.
—Buenos muchachos, me han caído muy bien, me encanta conversar con gente formal, me aburre lo vulgar aunque yo sí lo soy, gracias por todo jóvenes, hasta pronto.
Después de todo buscamos a sus amigos y vaya que lo son.
—Es bacán, chévere es. Conversa con todos, es muy respetuoso. No me ha faltado él, tampoco yo. Es más gente que el señor que está sentado en la puerta de la iglesia (es otro ambulante) —afirma Cristian Moreno Guerrero, con un poco de fastidio. Y añade— Hace más de cinco años que está acá.
—¿Sabes por donde vive? —Interrumpe Víctor.
—En lima, dice que ha venido a independizarse, para su familia él ya no existe, duerme en los parques, antes estaba en la beneficencia y como era problemático, le quitaba la comida a los más ancianitos ya no lo reciben —nos da una referencia bastante ininteligible de donde frecuenta dormir y agrega— Cuando no estoy aquí, le digo para que se venga a mi sitio y así venda un poco más, aparte de que el señor que está sentado lo insulta y le agrede.
—¿Cuál es su nombre del señor? Le pregunto.
—Su nombre es Arturo Romero —contesta ya un poco apurado. Le pagamos el precio de una vela y nos despedimos. Es el momento de ir en el señor que es satanizado por Cristian, por las versiones que de a poco vamos recogiendo encontramos contradicciones, a lo que reniega Henry.
—¡Maestro, buenas tardes! Qué tal, Aparicio para servirle —proseguimos a presentarnos.
—Jalando las patitas que están casi oxidadas —Indica la rodilla. Le preguntamos sobre el señor Luis.
—De dónde habrá venido, su comportamiento es pésimo, los únicos que se comportan así son el joven que acabas de conversar y el viejito. ¡Por Dios, lo juro! ¿Qué culpa tengo yo, que no les compren a ellos? Por todo eso me corretean ambos, pero casi ya no hago caso, antes me molestaba y les tenía cólera, ahora no —concluye Arturo.
Se siente fastidiado por nuestra presencia, no quiere que le tomemos foto; ni tampoco nos da su edad, ni el nombre. Mientras entrevistamos a Don Arturo, nuestro amigo Luis se dirigía a la heladería del frente. Entonces nos acercamos y preguntamos a la señorita que está atendiendo.
—¿usted conoce al señor que lo acaba de encargar sus cosas?
—Ah, al señor Luis, claro. Es muy buena persona, conversa hasta con mis clientes, no hace daño a nadie, más bien el joven le quita sus velas, le haces bromas y le falta el respeto al señor —dice Fiorella Rodríguez angustiada.
También hacemos una compra por preguntar y vamos tras Luis, camina lentamente, lo notamos muy extenuado, pero sigue. En el camino nos encontramos con una señora que también nos habla muy bien de él, pero tampoco nos quiere dar su nombre.
Luis de la Cruz Cueva, seguirá así. No cree en la política, en el hombre ni en Dios, dice que su partido es lo que vende o sea sus velas, considera que los candidatos son unos demagogos que lo único que hacen cuando lo ven es tomarse fotos, que son sinvergüenzas. Asombra esa pequeña lucidez que lo lleva al desencanto, y él casi no cree en nadie. Pero aun así todos los días estará en la plazuela de La soledad, hasta el lugar se adecúa a lo que vive.
Crónica de Ronald Aparicio para el curso de Periodismo informativo

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